dissabte, 30 de maig de 2015

Grietas...

Estamos llegando al final de curso y andamos bastante atareados con gran cantidad de actividades "extras" y todos los papeles que hay que rellenar con la máxima seriedad. Pero no me resisto a recordar éste texto, que, aunque conocido, conviene tener en cuenta y mostrarlo. Gracias a José Iribas. Conclusiones...


Lo reproduzco:

Tinajas iguales, tinajas diversas

vasijas
pixabay

Hay veces en que, en mi condición de consejero de Educación, vivo experiencias y comparto sentimientos difíciles de expresar. Permitidme por ello que recurra a una historia que quizá conocéis: la del hombre que, en la India, transportaba agua en sus dos tinajas. Cuentan que el personaje llevaba sobre sus hombros un palo, a cada uno de cuyos extremos colgaba una de las dos vasijas. La primera de éstas conservaba perfectamente su contenido a lo largo del trayecto que cada jornada hacía el aguador a pie desde el arroyo hasta la casa de su patrón. La otra, sin embargo, tenía varias grietas por las que iba perdiendo agua poco a poco. Por ello, para cuando la tinaja agrietada alcanzaba su destino ya sólo le quedaba la mitad del líquido elemento. Y así ocurrió, día a día, durante dos años.

La primera vasija se sentía orgullosa: cumplía impecablemente su función. La tinaja agrietada, sin embargo, tenía su autoestima por los suelos: por su estado sólo era capaz de hacer la mitad de lo que parecía esperarse de ella. Por eso, un día se armó de valor y le habló así al aguador:

“Estoy muy triste y avergonzada; me siento fatal, pues por culpa de mis grietas sólo puedes entregar la mitad de mi carga y sólo obtienes la mitad de lo que deberías cobrar”.

Apenado al escuchar esto, el aguador le dijo:

“Cuando volvamos a la casa quiero que te fijes en las hermosas flores que crecen a lo largo de todo el camino.”

La tinaja lo hizo así. Vio, en efecto, muchas y muy bellas flores a lo largo del recorrido; pero no dejó de sentirse apenada porque, al final, sólo tenía dentro de sí la mitad del agua que debía llevar.

El aguador le dijo entonces:

“¿Te has dado cuenta de que las flores sólo crecen en tu lado del camino?” Siempre he sido consciente de tus grietas, que no podía reparar; pero quise sacar el lado positivo de ello. Sembré semillas de flores a lo largo del camino por donde vas y todos los días las has regado; durante todo este tiempo yo he podido recoger estas flores para decorar el altar de mi Maestro. Si no fueras así como eres, enteramente, con tus defectos, no hubiera sido posible crear esta belleza”.

Traigo a colación esta fabulosa y fabulada historia, hoy que he tenido que atender a unos padres sufrientes que me hablaban, con comprensible dolor, de las grietas que acaban de detectar a su hijo y alumno nuestro.

Todos tenemos -o tendremos- alguna grieta. Unos más, otros menos. Unos hoy, otros mañana. Nos cuesta asimilarlo. Más, cuando son grietas de un hijo, de una hija. Aún cabe un dolor mayor que el “personal”: el que se siente (y es muy propio) cuando se ve el padecimiento de un hijo.

Mirad: todos los cántaros tienen un destino. Todos son igualmente cántaros. Y todos son diversos: unos en sus capacidades, otros en su estado físico, unos más lustrosos, otros con menor brillo…

Nadie suele elegir tinajas agrietadas; pero quien irremediablemente las tiene, junto con su vasija posee un secreto: el dolor que produce ver esas grietas, si sabemos darles sentido, se ve sobradamente compensado por la belleza de las flores que, en el camino de la vida, hacen posible brotar y ofrecen a los demás.